Día internacional del Párkinson

QUE VEINTE AÑOS NO ES NADA

Biarritz. La misma ciudad, el mismo hotel. Veinte años de diferencia hay entre aquella primera noche en el destino de mis sueños y hoy. Entonces, una declaración de amor, el comienzo de una vida juntos, un proyecto lleno de ilusión. Veinte años después, esa vida continúa, con nuevas ilusiones y diferentes proyectos. Pero, somos los mismos, ¿o, acaso hemos cambiado?


Marzo de 1992

Llovía a mares cuando llegamos al hotel. Yo estaba tan nerviosa que salí del coche sin paraguas, mirando al horizonte en busca del mar. Marcelo tiró de mí riéndose, diciendo algo sobre mi pelo mojado y la cara de atolondrada que se me había quedado. ¡No podía creerlo! En menos de seis meses había encontrado trabajo, tenía un novio maravilloso y disfrutaba de mis primeras vacaciones de lujo. Y lo hacía en aquel hotel que aparecía en una postal desgastada pegada con celo en mi armario de adolescente. Años atrás, mi tía Victoria se había alojado allí durante sus vacaciones de verano. Cuando la recibí, soñé con poder escribir cartas desde aquella terraza de enormes sillones con vistas al Cantábrico. 

Entré al hall del hotel dando saltitos para esquivar los charcos. Y con la mirada emocionada hicimos el check-in. Me faltó poco para lanzarme corriendo escaleras arriba. ¡Teníamos tanto que ver y hacer!


Marzo de 2012

La primavera  juega al escondite. Después de unos días más propios del verano que de esta estación, hoy Biarritz nos acoge con un fino manto blanco cubriendo sus calles. El taxi para frente a la puerta del hotel y rápidamente un elegante portero con sombrero acude a abrir mi puerta. Espero. Aún no he aprendido a vencer la vergüenza de apoyarme en desconocidos. Marcelo le indica que puede retirarse y con esa sonrisa que jamás ha perdido en estos veinte años, me ofrece su brazo. Así es mucho más fácil, pienso. Y con cuidado y esas posturas tantas veces ensayadas, consigo poner un pie en el suelo. La nieve es, por encima de la lluvia, mi peor enemigo. Por mi cabeza pasan en unos segundos todas y cada una de las caídas que he sufrido en los últimos cuatro años. Aprieto fuerte el brazo de Marcelo y le dedico una sonrisa algo forzada.

Todo permanece igual que lo recordaba. Quizá cambiaron algún adorno, pero sigue la misma alfombra, la lámpara gigante, los tapices en las paredes, en resumen, el lujo discreto de los buenos hoteles. Miro las escaleras y vuelvo a recordar…

1992

Marcelo había reservado la cena en uno de los restaurantes del hotel. Tía Victoria me había regalado un vestido de noche para esa ocasión. Sencillo y elegante, así lo había definido. Una cremallera recorría mi espalda, ciñendo la tela a mi cuerpo. Dejé que los rizos cayeran sobre mis hombros. Como único adorno llevaba unos pendientes que habían sido de mi madre y una pulsera a juego. Yo me encontraba preciosa.

Me subí en los tacones de raso y coqueteé con mi imagen reflejada en el espejo, bailando, gesticulando y paseando como una modelo hasta que su risa sonó a mis espaldas y sentí su abrazo en mi cintura. “Anda, Cenicienta, date prisa o llegaremos tarde”.


2012

Marcelo ha querido que la cena fuera en el mismo restaurante que aquella primera vez. Hay tiempo de sobra, pero ya he empezado a prepararme, porque soy consciente de la lentitud de mis gestos. El reloj no avanza igual que hace veinte años.

Me coloco frente al espejo de cuerpo entero del vestidor. No me he acostumbrado al nuevo corte de pelo. Ahora ya no tengo que preocuparme más del hecho de no ser capaz de manejar el secador o el cepillo. Un problema más, pensé yo en su día. Uno menos, pensó mi familia cuando me convenció del cambio de look. Recordando ese día miro instintivamente mi mano derecha. No responde. Pero la izquierda sí, y debo empezar a usarla o no estaré preparada a tiempo. Sobre la cama ya está listo mi vestido. Es color crema, de un tejido de punto suave. Solo tengo que deslizarlo sobre mi cabeza y dejarlo caer. Es sencillo y fácil de “usar”. Con cuidado para no caerme voy dejando que la ropa que llevo puesta se deslice hasta el suelo. Con el pie izquierdo empujo las prendas y las amontono. Quizá mañana las recoja todas de una vez. Y es, al subir de nuevo la mirada al espejo cuando le veo. Está apoyado en la puerta que  separa el saloncito de la habitación. 

–  ¿Tú también estás recordando? – le pregunto.

– Sí, no puedo evitarlo. Cada detalle me recuerda a aquella noche. ¡Qué jóvenes éramos! Y cuántas ilusiones que aún hoy no hemos perdido.

Le sonrío, porque sí hay ilusiones perdidas y algunas que ya no se cumplirán, pero lo que sí es cierto es que le amo como aquella noche en la que, tartamudeando de nervios, me pidió que nos casáramos.

– Te he traído algo. Un regalo.

Y según lo dice deja una caja sobre la cama. Lo abre antes de que yo se lo pida y descubro un vestido negro de noche. Precioso.

– Anda, date la vuelta y deja que te ayude a ponértelo. Ya sabes la manía que tienen los buenos diseñadores de ponerles cremalleras imposibles a este tipo de ropa.

Me muerdo los labios emocionada. Visualizo mentalmente la primera vez que no pude abrocharme el abrigo, o cuando tuve que pedirle que me anudara las botas. ¡Cuántos hábitos hemos tenido que cambiar, cuántos gestos nuevos adquiridos y algunos olvidados! Acaricio su mano sin dejar de sonreírle a través del espejo.


1992

Marcelo me pidió matrimonio en los postres. Jugaba con su plato y me daba de comer con su cucharilla. Como en una película de esas tan cursis de la tele. Se puso muy nervioso y parecía que no iba a atinar con las palabras. Cuando por fin venció la timidez, entre risas grité de alegría, me abracé nerviosa a él y del brazo salimos a bailar. En ese momento cantaba Gardel. Fuimos los últimos en abandonar el salón esa noche porque yo no quería que el día terminara.


2012

La noche ha sido todo un éxito. Cada plato ha sido exquisito y lo más importante, fácil de comer. Creo que me he pasado un poquito con el vino, pero como dijo Marcelo mientras rellenaba mi copa por segunda vez, “por una noche no pasará nada”. Espero que las pastillas no se revuelvan en mi estómago. Durante toda la cena no hemos parado de hablar y de recordar. Nos quitábamos la palabra de la boca para traer pedacitos de memoria. Nos hemos reído de nuestra ingenuidad y de lo empalagosos que éramos años atrás. De nuevo en los postres, él ha puesto un anillo en mi mano. En la derecha. Ha tenido que sostenerla entre las suyas y deslizarlo directamente en mi dedo insensible. Y también ha tenido que tranquilizarme cuando empecé a sentir que iba a echarme a llorar. Emocionada y agradecida. Feliz por ser tan afortunada de tenerle.


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En realidad, nunca he estado en Biarritz, no conozco el hotel que aparece en la postal que guardo desde que mi tía Victoria estuvo pasando allí sus vacaciones. Marcelo se llama Antonio y me pidió que me casara con él en las fiestas del pueblo. Yo entonces exprimía cada hora del día como si no hubiera un mañana. Él sonreía emocionado al verme vivir con tal intensidad. Nos queríamos “comer el mundo a bocados”.

Anoche, veinte años después de aquel baile de verano, para celebrarlo, cenamos solos en casa, porque las multitudes me intimidan. Me siento más segura en la soledad de nuestro salón, rodeada de nuestras cosas, sin temer que las miradas recaigan sobre mis movimientos torpes. Mi espacio me da la relajación que necesito para disfrutar realmente del momento.


Como cada noche, desde que me diagnosticaron que tengo Parkinson y empecé a perder fuerza en el brazo derecho, fue Antonio quien hizo la cena. Yo aún puedo hacerla, tengo mis trucos y no he dejado de disfrutar de la cocina ni un solo día, pero agradezco estos detalles que me permiten relajarme física y mentalmente. Para decorar la mesa pidió ayuda a los niños, y es que eso nunca fue su fuerte. No faltaron ni el vino ni los postres. Y fue con la tarta cuando sujetó mi mano derecha entre las suyas y me entregó su regalo. ¡Un curso de tango! No pude evitar echarme a reír, como en mi escena soñada. Sólo a él podía ocurrírsele algo así. Sabe cuánto envidio a esas parejas que se mueven como si fueran uno solo. Sólo él sabe que sueño con la voz de Gardel. Igual que sabe que no soy capaz de ponerme o quitarme un anillo sin ayuda.


El escenario, la lluvia, el restaurante frente al mar, los lujos e incluso el señor con chistera que abrió el coche son fruto de mi imaginación, que también ha tenido que acostumbrarse y adaptarse a los cambios de vida que sufre mi cuerpo. Porque una vez que tu mente acepta lo que tu cuerpo vive y experimenta, incluso sin quererlo, todo en tu vida comienza un proceso de adaptación. Así fue como pasé de los sueños de chica princesa a los de mujer tímida e insegura que busca en los pequeños detalles la razón de su felicidad. El vestido negro de fiesta está colgado en una percha de mi armario. Si anoche no me lo puse es porque me siento más cómoda con mi ropa de siempre, sin adornos innecesarios. He aprendido a valorar lo cotidiano y cercano. Antonio siempre abrió mi puerta del coche, aún cuando podía bajarme de un salto. Siempre caminamos del brazo por amor, por el contacto que me hace sentir querida y ahora además, porque así me siento menos frágil. A la peluquería también me acompañó, y su mirada en el espejo hizo que me sintiera la más guapa del mundo con mi nueva melena corta.


Sí, soy afortunada, y confieso que soy feliz. Más que la chica del hotel de Biarritz. Ahora lo puedo decir. Porque hubo un tiempo en el que ni siquiera me atrevía a soñar, como si ese lujo se me hubiera denegado de repente. Mi cuerpo tenía que reaprender a vivir, no podía perder el tiempo en fantasías que ya jamás podrían ocurrir. Entonces, poco a poco, y con la ayuda de amigos y gente que vive la enfermedad como yo, y sobre todo y ante todo, con mi familia cerca, re eduqué mis deseos y comencé a soñar con hoteles lujosos a los que llegaba agarrada con fuerza del brazo de Antonio para no caer. Ahora sueño en presente.

Aceptar que ya no serás la última en abandonar el baile fue como perder el zapato de Cenicienta. Pero descubrir que descalza se siente mejor el suelo sobre el que avanzas es encontrar el camino de la felicidad.

Mi historia no es una novela rosa, ni siquiera marrón como el color horrible de mis pastillas. Mi historia es una historia de amor del siglo XXI, con sus personajes, sus miedos, sus dudas, sus malas jugadas de la vida y sus aceptaciones. Es una historia real y optimista. Es mi historia. 

 

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