El sábado, durante mi presentación en la exposición de “Las Mujeres que habitan en mí”, conté como, gracias a mi Mujer aventurera, un día, Mangaliso, un niño de la edad de H, volvía a la escuela. Fue esa misma mujer la que se llevó a H a conocer a ese niño, de su misma edad pero con una vida muy diferente.

Hoy, Mangaliso vuelve a la escuela feliz, sin miedo a no poder pagar el curso y tener que volver a casa. Porque sí, curiosa ironía, él no tiene la opción de la enseñanza gratuita. Su futuro tiene un coste muy elevado. Y la otra opción, es mejor no pensar en ella. Pero, a veces, es tan fácil hacer sonreír a un niño, a algunos niños … Y a mí, porque cada vez que recibo noticias suyas, sonrío, luego me encojo, entorno los ojos y sueño con volver a abrazarle, a él y a su madre, a sus hermanos y primos, Sueño con volver a pisar esa tierra rojiza, con volver a llenarme de su luz, con ver a H jugar con un Mangaliso ya adolescente. Sé que voy a volver, sé que hay muchos más abrazos que dar y recoger. Lo sé, pero mientras llega ese momento, los extraño tanto …

Tengo una ventana que conecta con África. Cada vez que se abre, me llega un viento cálido, con arena rojiza, que me envuelve y me calma. Y hoy, esa ventana, está abierta de par en par.